Leer cuentos no solo expande la imaginación de nuestros hijos, sino que también nos ayuda a crear vínculo, a aprender, a crecer, a conocernos y, sobretodo, a compartir momentos únicos. Este mes Toni de Contes per crèixer, comparte con nosotros una dulce historia en la que una niña descubre un mundo mágico en los pétalos de una flor y su curiosidad hace que se sumerja cada vez más en esa historía. ¿Te unes a nosotros a leer este cuento? Recuerda que puedes descargarlo para poder leerlo más cómodamente con tu hijo en cualquier lugar o momento del día. 

Edad recomendada para este cuento:

A partir de los 5 años.

Por qué debes leer este cuento a tus hijos:

El cuento de la “La Jordina y la rosa” estimula la imaginación y la fantasía del niño/a mientras lo va escuchando. Transmite el valor de la amistad (personificada en el dragón y en un niño). Rompe el tópico de que en los cuentos tradicionales, casi siempre, el protagonista es un varón.

LA JORDINA Y LA ROSA

 

A aquella niña de nueve años, le gusta mucho pasear por un gran parque que hay en la ciudad donde vive. Para ella, ir a dicho parque era como sumergirse en un valle paradisíaco para gozar de la espléndida vegetación que habitaba. Escuchaba atentamente para no perderse ningún trino musical de los pájaros que gozaban, como ella, de aquel lugar maravilloso.

Un día vio un rosal cargado de decenas de flores y se acercó para observarlas. De entre las muchas flores que adornaban aquel arbusto fuerte y espinoso, destacaba una que le llamó la atención. Y no porque fuera la más bonita de todas ellas, al contrario, su color era más bien poco vistoso, pero vio que en sus pétalos, en cada uno de ellos, se apreciaban cosas que no acababa de descifrar.

Quizás con una lupa lo podría ver mejor, pensó Jordina. Pero no llevaba ninguna encima. En su casa tenía una. Enseguida tuvo una tentación: arrancar esa flor e ir a toda prisa a su casa. Ella sabía que no se han de arrancar flores de un parque, si todo el mundo que fuera a pasear lo hiciera, el parque se quedaría huérfano de flores y no sería tan bello.

Pensó un par de minutos, y las ganas de saber que escondían aquellos pétalos misteriosos, pudo más que su civismo. Y, con mucho cuidado para no pincharse, arrancó aquella flor y corrió apresuradamente hacia su casa. Enseguida la puso en un florero con agua.

A continuación fue a buscar la lupa. Apenas la encontró. La Jordina no era demasiado ordenada. Cuando la localizó, corrió hacia el comedor que era donde había dejado el florero con la rosa. Se acercó la lupa a su ojo derecho y observó con mucha atención uno de esos pétalos. Y qué sorpresa fue la suya: en aquel primer pétalo vio un chico que estaba cautivo dentro de una cueva oscura y húmeda. A pocos metros de la jaula donde estaba encerrado se veía un señor con un curioso objeto que coronaba su cabeza, tenía cara de tener pocos amigos. ¿Quién será este chico y este señor? -se preguntaba Jordina.

Decidió observar un segundo pétalo: cogió la rosa y separó otro. Se acercó nuevamente la lupa y lo que ahora vio fue un gran animal que volaba. Parecía que buscaba alguna cosa. Que animal tan curioso, sacaba burbujas de jabón por los dos grandes orificios que tenía en la nariz. En un tercer pétalo vio como aquel ser fantástico con cara de buena persona, iba de pueblo en pueblo y preguntaba a la gente. Era claro que el animal buscaba algo.

En un cuarto pétalo vio como una chica hablaba con aquella especie de dragón y, este, se ponía muy contento. Enseguida, el dragón invitó a la chica a subir sobre su espalda y, esta, lo hizo.

– ¡Qué rosa tan especial! -exclamó Jordina en voz alta. Se empieza a poner emocionante. Seguiré observando otro pétalo.

Y, con mucho cuidado, cogió un nuevo pétalo. Volvía a ver otra vez aquella cueva oscurecida y húmeda. Vio como un señor daba al chico un trozo de pan y un poco de agua. Una y otra vez: para el desayuno, almuerzo y cena. La Jordina se fijó que ahora estaba más escuálido. Claro, pensó, no se puede vivir solo con pan y agua.

Cada vez Jordina estaba más sorprendida y emocionada, no se podía creer todo lo que estaba viendo en cada uno de los pétalos de aquella rosa única.

Y prosiguió observando otro pétalo. En este vio como el dragón, que llevaba la chica encima de su espalda, se dirigía hacia unas salvajes montañas. Durante mucho rato estuvo volando y la chica que llevaba unos prismáticos iba mirando y mirando, rincón por rincón, aquellas montañas con bosques muy espesos de vegetación.

¡Seguramente deben buscar la cueva! -murmuró Jordina.

Y después de mucho rato de volar por el cielo dibujando círculos, de la manera que lo hace el buitre cuando busca algún animal muerto para devorarlo, la chica hizo una señal al dragón y, este, cambió el rumbo y se dirigió hacia donde la chica le había indicado.

La Jordina cogió nuevamente otro pétalo. En este, vio como el dragón y la chica, estaban durmiendo entre dos grandes árboles. El día empezaba a despuntar y los dos se despertaron. Iniciaron una conversa y parecía que estaban diseñando un plan. Y es que cerca de donde habían dormido, estaba la cueva donde se encontraba secuestrado aquel chico simpático y escuálido. Enseguida, con cautela, se aproximaron a la entrada de ese gran agujero semioscuro. Una vez estuvieron exactamente delante, la chica gritó:

– Señor rey de los escondites, tiene una visita.

El rey sorprendido salió de su escondrijo y en ese preciso momento, el dragón comenzó a sacar por la nariz miles y miles de burbujas de jabón que envolvieron de arriba abajo aquel malvado personaje. Mientras esto sucedía, la chica entró en la cueva y pudo liberar al chico de la jaula en la que había estado prisionero durante muchos días. Los dos salieron a toda prisa hacia el exterior y enseguida se subieron a la espalda del dragón y, los tres, se fueron dejando aquel maléfico personaje peleándose con miles y miles de burbujas de jabón.

Y Jordina, cogió un último pétalo: los tres estaban descansando en el patio de una masía. Después supo que el chico y el dragón eran muy buenos amigos. El chico y la chica se enamoraron y decidieron vivir juntos en aquel lugar acompañados por el dragón que sacaba burbujas de jabón por su nariz.

Y aquella rosa, la rosa que había encontrado la Jordina, como todas las rosas se marchitó al cabo de unos días. Y ella quiso dejar por escrito todo lo que había visto en cada uno de sus pétalos que la formaban y, es por eso que ahora tú, has podido leer el misterio de aquella rosa tan especial.

 

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