Con las prisas, la falta de tiempo de cocinar, las costumbres alimenticias de cada familia, el mercado consumista que nos venden cada vez más productos poco saludables para los niños… hace que cada día haya más obesidad infantil en nuestro país. ¿Como podemos como padres evitarlo? Todo empieza desde el tipo de alimentación que ofrecemos a nuestros hijos desde que nacen… incluso cuando son lactantes. ¿Lo sabías? No te pierdas el post de hoy donde la nutricionista Iria Quintans nos desvela algo que no todos sabemos!

Sabemos que las cifras de obesidad infantil son alarmantes: casi 42 millones de niños menores de 5 años tienen exceso de peso. Y se estima que en 2025 este número no disminuya, sino que aumente hasta los 70 millones.

Las consecuencias: dificultad respiratoria, mayor riesgo de fracturas e hipertensión, marcadores tempranos de enfermedad cardiovascular o efectos psicológicos. El riesgo de obesidad en un futuro nos llevan a tener que plantearnos medidas preventivas tempranas. Y una de las formas es mediante la alimentación desde el momento en que nacen.

Los dos primeros años de vida son claves para la salud de tu hijo

Los dos primeros años de vida de nuestro bebé pasan casi sin darnos cuenta, pero no solo el tiempo pasa volando, sino que también su crecimiento es más acentuado. ¿Y si te dijese que además esta etapa es una ventana crítica que nos brinda toda una serie de oportunidades para prevenir la obesidad?

Las recomendaciones de la OMS son claras: “El examen de los datos científicos ha revelado que, a nivel poblacional, la lactancia materna exclusiva durante 6 meses es la forma de alimentación óptima para los lactantes. Posteriormente deben empezar a recibir alimentos complementarios, pero sin abandonar la lactancia materna hasta los 2 años o más”. No cabe duda, por tanto, que la lactancia materna tiene un papel clave en ese período de tiempo.

Veamos algunas de las hipótesis que se barajan como papel protector frente al exceso de peso.

Preferencias alimentarias

La infancia es un período de aprendizaje excelente. Incluso si hablamos de su alimentación.

Los sabores pasan de los alimentos que la madre ingiere a la leche materna. Es decir, que tu bebé, así como quien no quiere la cosa, ¡puede convertirse en un degustador profesional desde el minuto cero!

Los sabores forman sus preferencias alimentarias posteriores y la aceptación de los alimentos sólidos que consuma la familia e incluso, la cultura con la que convive el bebé.

No solo eso, sino también el comportamiento o relación que tenga con la comida. Por eso mi insistencia siempre en no forzar ni obligar al niño a comer. La lactancia materna refuerza lo que ya ocurre desde el embarazo: los estímulos gustativos y olfativos se transmiten a través del líquido amniótico al feto. Los bebés alimentados con lactancia materna reciben un refuerzo adicional.

Y sabemos que una dieta saludable, en la que la base de la alimentación sea a partir de vegetales, unido a un estilo de vida activo puede prevenir enfermedades metabólicas como la obesidad o la diabetes. Por tanto, se trata de fomentar este tipo de alimentación en el hogar lo antes posible para que llegue al niño por todas las vías posibles.

Control en la alimentación

Otra de las hipótesis plantea que la lactancia materna en comparación con la lactancia a través de fórmula adaptada, se asocia con un menor control parental de la alimentación. Veamos por qué.

Cuando una madre da el pecho a demanda, es el bebé quien decide la cantidad que va a consumir, según tenga más o menos hambre. Pero algunos estudios muestran que al dar alimentación artificial es posible que se haga más presión para que el niño se acabe el biberón. Pero no solo eso, sino que años después, también se insista más en que se termine la comida, disminuyendo la capacidad del propio niño para percibir la señal “ya estás lleno, no comas más”.

Por tanto, la lactancia materna promueve la autorregulación en el consumo de energía, es decir, el lactante podría adquirir la habilidad de consumir suficiente energía para cubrir sus necesidades.

Así que utilicemos el método de alimentación que utilicemos cumplamos dos premisas:

a demanda y sin forzar.

En conclusión…

Otras hipótesis están relacionadas con las hormonas y otros compuestos presentes en la leche materna o con la diferente composición de bacterias que viven en el intestino de nuestro hijo, según reciba uno u otro tipo de alimentación.

La alimentación es solo uno de los muchos factores que influyen en el desarrollo de la obesidad, pero ¿y si podemos hacer algo por su prevención? ¡Hagámoslo!

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