Con las prisas, la falta de tiempo para cocinar, las costumbres alimenticias de cada familia y el mercado consumista, que nos ofrece cada vez más productos poco saludables para los niños, la obesidad infantil se ha convertido en una importante preocupación para muchas familias.
¿Cómo podemos, como padres, ayudar a prevenirla? Todo empieza por el tipo de alimentación que ofrecemos a nuestros hijos desde que nacen… incluso cuando son lactantes. ¿Lo sabías? ¡No te pierdas el post de hoy, donde la nutricionista Iria Quintans nos desvela algo que no todos sabemos!

Sabemos que las cifras de obesidad infantil son preocupantes y que el exceso de peso afecta a millones de niños en todo el mundo.
Las consecuencias pueden incluir dificultades respiratorias, mayor riesgo de hipertensión, alteraciones metabólicas y efectos psicológicos. El riesgo de obesidad en etapas posteriores nos lleva a plantearnos medidas preventivas tempranas. Y una de las formas de hacerlo es mediante la alimentación desde el momento en que nacen.
Los dos primeros años de vida son claves para prevenir la obesidad infantil
Los dos primeros años de vida de nuestro bebé pasan casi sin darnos cuenta, pero no solo el tiempo pasa volando, sino que también su crecimiento es más acentuado. ¿Y si te dijese que, además, esta etapa es una ventana importante que nos brinda toda una serie de oportunidades para prevenir la obesidad infantil?
Las recomendaciones de la OMS son claras: la lactancia materna exclusiva durante los primeros 6 meses es la forma de alimentación recomendada para los lactantes. Posteriormente, deben empezar a recibir alimentos complementarios adecuados, manteniendo la lactancia materna hasta los 2 años o más.
No cabe duda, por tanto, de que la lactancia materna tiene un papel importante en ese período de tiempo.

Veamos algunas de las hipótesis que se barajan sobre su posible papel protector frente al exceso de peso y la obesidad infantil.
Preferencias alimentarias y obesidad infantil
La infancia es un período de aprendizaje excelente. Incluso si hablamos de su alimentación.
Los sabores pasan de los alimentos que la madre ingiere a la leche materna. Es decir, que tu bebé, así como quien no quiere la cosa, ¡puede convertirse en un degustador profesional desde el minuto cero!
Estos sabores pueden influir en sus preferencias alimentarias posteriores y en la aceptación de los alimentos sólidos que consuma la familia, e incluso de los propios de la cultura con la que convive el bebé.
No solo eso, sino también el comportamiento o relación que tenga con la comida. Por eso mi insistencia siempre en no forzar ni obligar al niño a comer.
La lactancia materna refuerza lo que ya ocurre desde el embarazo: los estímulos gustativos y olfativos se transmiten a través del líquido amniótico al feto. Los bebés alimentados con lactancia materna reciben una exposición adicional a diferentes sabores.
Y sabemos que una dieta saludable, en la que la base de la alimentación sea principalmente de origen vegetal, unida a un estilo de vida activo, puede ayudar a prevenir enfermedades metabólicas como la obesidad o la diabetes.
Por tanto, se trata de fomentar este tipo de alimentación en el hogar lo antes posible para que llegue al niño por todas las vías posibles.
Control de la alimentación y prevención de la obesidad infantil
Otra de las hipótesis plantea que la lactancia materna, en comparación con la alimentación mediante fórmula adaptada, puede asociarse con diferencias en el control parental de la alimentación. Veamos por qué.

Cuando una madre da el pecho a demanda, es el bebé quien decide la cantidad que va a consumir, según tenga más o menos hambre.
Algunos estudios han observado que, al dar alimentación mediante biberón, puede existir una mayor tendencia a insistir para que el niño termine la toma. Pero no solo eso, sino que años después también se puede insistir más en que termine la comida, dificultando que el propio niño atienda a la señal de «ya estás lleno, no comas más».
Por tanto, la lactancia materna puede favorecer la autorregulación del consumo de energía, es decir, la capacidad del lactante para consumir la cantidad que necesita.
Así que, utilicemos el método de alimentación que utilicemos, cumplamos dos premisas:
A demanda y sin forzar, respetando las señales de hambre y saciedad del bebé y las indicaciones sanitarias que correspondan.
En conclusión: lactancia materna y obesidad infantil
Otras hipótesis están relacionadas con las hormonas y otros compuestos presentes en la leche materna o con la diferente composición de bacterias que viven en el intestino de nuestro hijo, según reciba uno u otro tipo de alimentación.
La alimentación es solo uno de los muchos factores que influyen en el desarrollo de la obesidad infantil. La lactancia materna puede contribuir a su prevención, pero no determina por sí sola el peso ni la salud futura de un niño.
¿Y si podemos hacer algo por su prevención? ¡Hagámoslo!
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